La cámara estenopeica es una cámara hecha a mano. En su forma más básica, es una simple caja de cartón, de color estrictamente negro opaco tal que no permite la entrada de luz. En su interior, por un lado posee una con una diminuta perforación, mientras que en la pared opuesta interior se ubicará la película o, en este caso, el papel fotográfico.
El obturador de esta cámara se logra mediante una pequeña lámina de cobre, u otro material de similar que, perforada con la punta de una aguja, se une a la pared interna con una perforación mayor a la lámina.
Para decidir el tipo de lente que tendrá la cámara estenopeica, se mide la diagonal de la pared donde se ubica la película o papel fotosensible. Así por ejemplo, si la diagonal es “x”, y la distancia focal es igual a “x”, la cámara tendrá un lente normal, es decir, tendrá un ángulo de captura similar de nitidez de la visión humana, con una perspectiva es similar a la del ojo humano. Ahora, si la distancia focal corresponde a “x/2”, la cámara tendrá un lente gran angular, es decir, su ángulo de captura de la imagen será superior a un lente normal, alterando la perspectiva. En este caso, las cosas se verán mucho más grandes de lo que son. Por último, si la distancia focal es 2x, la cámara será un teleobjetivo, lo que significa que el ángulo de captura será más estrecho que el lente normal, produciendo una sensación de acercamiento, es decir, achata la perspectiva comprimiendo la imagen.
La exposición del material fotosensible a la luz se determina dependiendo de la distancia focal y el tiempo atmosférico del día en que se capturara la imagen (nublado, despejado, etc.).
UNA EXPERIENCIA MÁGICA QUE SORPRENDE.
Desde entrar al laboratorio por primera vez, el mareo producido entre las luces rojas y los persistentes olores químicos, que poco a poco se convierten en aromas familiares. Una experiencia mágica es ver la aparición de una imagen por primera vez, reconociendo el proceso que nos llevó a revelar la captura de realidad.
Una interesante manera de reconocer la esencia de la profesión. Salir a la calle a “sacar fotos” o capturar imágenes con una “cajita negra”, dejarla quieta y esperar con cronometro en mano, mientras te sientes observada con mirada curiosa, crítica o absurda; desconocidos que impulsados por la curiosidad te interrogan sobre lo que haces retirándose escépticos después de tus incomprensibles respuestas.
La sorprendente sensación de hacer cotidiano el recorrido del laboratorio a la calle, caminar y caminar, hacer actuar la cajita mágica, para luego llevarla abrazada contra el pecho para evitar posibilidad alguna de que entre la luz y vele la fotografía en el trayecto adrenalínico de vuelta hacia el laboratorio, donde caminas con varias preguntas en tu mente, ¿habrá quedado bien el encuadre? ¿Le habrá faltado tiempo? ¿Le habrá sobrado tiempo? ¿Se habrá movido con el viento o con los autos? Un sinfín de preguntas todas relacionadas a las decisiones que se deben tomar para capturar la precisa imagen hasta llegar al instante decisivo, el minuto en el revelador. Entonces, ves aparecer de la nada lo que quisiste plasmar, la fuerza del blanco y negro; el detener la acción de uno, para seguir con la fijación, para que perdure, para que dure, para que sea historia, para que sea archivo, para que sea fotografía. Es lo básico, lo primitivo, lo esencial de la fotografía, todo entregado por una simple caja.
Esta experiencia esencial del fotógrafo me ha puesto en contacto con el proceso interno y externo del proceso que implica la captura de imágenes.
lunes, 28 de junio de 2010
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